Tercera visita a nuestra familia de Brasil. Hasta ahora, por unos motivos o por otros, siempre he ido en años impares (2007, 2009 y 2011). Será casualidad pura. Espero el año que viene poder volver y romper el mal fario de los años impares, jeje, ya que cada vez que voy me cuesta más volver a casa. La lista de motivos es interminable. La verdad es que el pueblo brasileño es uno de los más alegres del mundo por no decir el que más. Es increíble comprobar lo felices que son con tan pocos recursos económicos, sanitarios, etc… Las tres veces que he tenido oportunidad de ir he podido comprobar lo hospitalarios que son desde el primer día que te conocen. Da igual que no hayan camas suficientes para dormir, se ata una hamaca entre 2 paredes y duermes. O tiras un colchón al suelo y duermen dos personas tranquilamente. En cuanto a la comida, da gusto ver como cunde una olla de arroz hervido dando igual el número de comensales. Cunde igual para 10 que para 20, no sé como lo hacen.
La verdad es que he tenido una gran suerte de conocer a una familia súper numerosa, cariñosa, amable, humilde y sobre todo sincera de verdad. Allí la mentira y la traición se pagan caras. Los problemas se llevan entre todos los miembros de la familia, si hay que arrimar el codo se hace sin pensarlo. Si un miembro de la familia está mal, todos están mal. Encuentran solución para todo, sea cual sea el problema. Eso si, sin prisa alguna. Si hay algo que el brasileño nunca tendrá es prisa. Allí el estrés no existe.
Otro de los motivos por los que me cuesta cada vez más volver de Brasil, es por culpa de nuestros sobrinos. Van creciendo y van madurando. Se van dando cuenta de quienes somos mi marido y yo y van apreciando cada vez más lo que les queremos y nos interesamos por ellos. Supongo que cada vez será más complicado a nivel emocional separarse de ellos, pero al menos te queda la satisfacción y la tranquilidad de que van a estar bien atendidos, en un colegio que vale la pena pagar y sobre todo, con una infancia llena de todo el cariño y la atención que un niño necesita.
Vale la pena pasar día y medio entre escalas de aeropuerto y vuelos transoceánicos interminables. Llegas agotado pero la recompensa que te espera allí, te hace olvidar todo ese cansancio del viaje.
Os dejo algunas de las fotos de este año. En mi perfil de Facebook tenéis algunas más. En ellas se refleja claramente el sentido de unidad familiar que tanto me gusta y sobre todo la felicidad que sus caras reflejan viviendo con la mitad, o con menos, de lo que tenemos aquí. Espero poder ir todos los años a partir de ahora, porque es llegar a casa y ya tener ganas de volver a verles. Desde aquí, les deseo todo lo mejor a todos ellos por siempre.
¡¡Os quiero a tod@s!!














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