07
Mar
10

Retorno a Hansala.

Ayer noche pude ver con mi marido, “Retorno a Hansala”, filmada hace un par de años. Es una especie de película semi-documental, donde se narra el drama de cruzar el estrecho de Gibraltar en busca de una vida mejor. Siempre me he sentido atraido por este tipo de historias, pero por razones obvias, desde 2005 el tema de la inmigración me toca especialmente la fibra sensible que todo ser humano debería tener… Me fascinó el trabajo de su directora, Chus Gutierrez, y la forma de tocar un sufrimiento diario tan cercano pero que desde este lado, no le damos importancia, como es el de jugarse la vida en una patera a cambio de contraer una gran deuda, para conseguir llegar a “la tierra prometida” y poder ganarse la vida, como todo ser humano tiene derecho a hacer.

Esa es la tesis de una película que apuesta por el mutuo enriquecimiento personal entre dos culturas tan cercanas como diferentes y la necesaria recuperación del rostro humano en cada uno de los que llegan en pateras. A Chus Gutiérrez le interesa resaltar los valores de acogida y hospitalidad, de sincera y noble amistad, de felicidad en medio de la pobreza en la que vive esa gente sin medios y casi analfabeta, para que después el espectador occidental les vea como una oportunidad para aprender, y no sólo como un problema de quien viene a quitarle trabajo o ser foco de conflictividad.

La historia de amor entre la pareja protagonista, viene no sólo a armonizar dos mundos distantes sino a cuestionar una sociedad del bienestar donde las necesidades materiales han dejado paso a otras de índole afectiva o existencial. De esta manera, el viaje de negocios que Martín emprende −es dueño de un tanatorio— con la joven a su pueblo para llevar el cadáver de su hermano, fallecido en su intento de cruzar el estrecho,  se convertirá en una road movie interior para él. Su situación de crisis matrimonial necesita aire fresco, el móvil debe dejar paso al trato personal y directo para así volver a experimentar la nobleza y generosidad. Su complejo mundo interior debe simplificarse para llegar a la esencia de la vida y la felicidad, para ver que hay quien vive con otros esquemas y “se ayudan entre ellos”, como escuchará al llegar a Hansala y comprobar cómo los vecinos dan dinero para pagarle la repatriación del muerto.

Gran y esperanzado acercamiento a la inmigración, valiente apuesta por un cine humano que hace mejor al espectador y a la sociedad. Un drama interior y social que huye de los excesos y al que no faltan algunos toques de ternura y humor, elaborado a partir de una buena historia en la que el inmigrante es quien hace de guía para un protagonista que desconoce el terreno físico y emocional que le rodea.

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